La
Habana, 8 feb (RHC) El máximo
líder de la Revolución
Fidel Castro reiteró la disposición
cubana de continuar trabajando con
otros países en la prestación
de servicios médicos básicos
y gratuitos a la población
haitiana víctima del terremoto.
En
su reflexión titulada La
Revolución Bolivariana y
las Antillas, Fidel Castro expresa
que junto a los cubanos estarán
en Haití decenas de jóvenes
venezolanos y otros latinoamericanos
graduados en la ELAM, Escuela Latinoamericana
de Medicina. De todos los rincones
del continente han llegado noticias
de muchos compañeros que
estudiaron en la ELAM, que desean
colaborar junto a ellos en la noble
tarea de salvar vidas de niños,
mujeres y hombres, jóvenes
y ancianos, subraya.
A
continuación texto íntegro
del artículo:
Me
gustaba la historia como a casi
todos los muchachos. También
las guerras, una cultura que la
sociedad sembraba en los niños
del sexo masculino. Todos los juguetes
que nos ofrecían eran armas.
En
mi época de niño me
enviaron para una ciudad donde nunca
me llevaron al cine. Entonces no
existía la televisión
y en la casa donde vivía
no había radio. Tenía
que usar la imaginación.
En
el primer colegio adonde me llevaron
interno, leía con asombro
sobre el Diluvio Universal y el
Arca de Noé. Más tarde
consideré que era quizás
un vestigio que la humanidad guardaba
del último cambio climático
en la historia de nuestra especie.
Fue, posiblemente, el final del
último período glacial,
que se supone tuvo lugar hace muchos
miles de años.
Como
es de suponer, más tarde
leí con avidez las historias
de Alejandro, César, Aníbal,
Bonaparte y, por supuesto, todo
cuanto libro caía en mis
manos sobre Maceo, Gómez,
Agramonte y demás grandes
soldados que lucharon por nuestra
independencia. No poseía
cultura suficiente para comprender
lo que había detrás
de la historia.
Más
adelante centré mi interés
en Martí. A él le
debo en realidad mis sentimientos
patrióticos y el concepto
profundo de que "Patria es
humanidad ". La audacia, la
belleza, el valor y la ética
de su pensamiento me ayudaron a
convertirme en lo que creo que soy:
un revolucionario. Sin ser martiano,
no se puede ser bolivariano; sin
ser martiano y bolivariano, no se
puede ser marxista, y sin ser martiano,
bolivariano y marxista, no se puede
ser antiimperialista; sin ser las
tres cosas no se podía concebir
en nuestra época una Revolución
en Cuba.
Hace
casi dos siglos, Bolívar
quiso enviar una expedición
al mando de Sucre para liberar a
Cuba, que mucho lo necesitaba, en
la década de 1820, como colonia
azucarera y cafetalera española,
con 300 mil esclavos trabajando
para sus propietarios blancos.
Frustrada
la independencia y convertida en
neocolonia, no se podía en
Cuba alcanzar jamás la dignidad
plena del hombre, sin una revolución
que pusiera fin a la explotación
del hombre por el hombre.
"...yo
quiero que la ley primera de nuestra
república sea el culto de
los cubanos a la dignidad plena
del hombre. "
Martí,
con su pensamiento, inspiró
el valor y la convicción
que llevó a nuestro Movimiento
al asalto de la fortaleza del Moncada,
lo que jamás habría
pasado por nuestras mentes sin las
ideas de otros grandes pensadores
como Marx y Lenin, que nos hicieron
ver y comprender las realidades
tan distintas de la nueva era que
estábamos viviendo.
Durante
siglos, en nombre del progreso y
el desarrollo, se justificó
en Cuba la odiosa propiedad latifundista
y la fuerza de trabajo esclava,
que había sido precedida
por el exterminio de los antiguos
habitantes de estas islas.
De
Bolívar, Martí dijo
algo maravilloso y digno de su gloriosa
vida:
"...lo
que él no dejó hecho,
sin hacer está hasta hoy:
porque Bolívar tiene que
hacer en América todavía.
"
"Deme
Venezuela en qué servirla:
ella tiene en mí un hijo.
"
En
Venezuela, como en las Antillas
hicieron otras, la potencia colonial
sembró caña, café,
cacao, y llevó también
como esclavos a hombres y mujeres
de África. La resistencia
heroica de sus indígenas,
apoyándose en la naturaleza
y extensión del suelo venezolano,
impidió el aniquilamiento
de los habitantes originales.
Con
excepción de una parte al
Norte del hemisferio, el inmenso
territorio de Nuestra América
quedó en manos de dos reyes
de la Península Ibérica.
Sin
temor puede afirmarse que, durante
siglos, nuestros países y
los frutos del trabajo de sus pueblos
han sido saqueados, y continúan
siéndolo por las grandes
empresas transnacionales y las oligarquías
que están a su servicio.
A
lo largo de los siglos XIX y XX,
es decir, durante casi 200 años
después de la independencia
formal de la América Ibérica,
nada cambió en esencia. Estados
Unidos, a partir de las 13 colonias
inglesas que se rebelaron, se expandió
hacia el Oeste y el Sur. Compró
Luisiana y Florida, le arrebató
más de la mitad de su territorio
a México, intervino en Centroamérica
y se apoderó del área
del futuro Canal de Panamá,
que uniría los grandes océanos
al Este y el Oeste del continente
por el punto donde Bolívar
deseaba crear la capital de la mayor
de las repúblicas que nacería
de la independencia de las naciones
de América.
En
aquella época, el petróleo
y el etanol no se comercializaban
en el mundo, ni existía OMC.
La caña, el algodón
y el maíz eran cultivados
por esclavos. Las máquinas
estaban por inventarse. Avanzaba
con fuerza la industrialización
a partir del carbón.
Las
guerras impulsaron la civilización,
y la civilización impulsó
las guerras. Estas cambiaron de
carácter, y se hicieron más
terribles. Finalmente se convirtieron
en conflictos mundiales.
Por
fin éramos un mundo civilizado.
Incluso, lo creemos como cuestión
de principios.
Pero
no sabemos qué hacer con
la civilización alcanzada.
El ser humano se ha equipado con
armas nucleares de inconcebible
certeza y aniquiladora potencia,
mientras desde el punto de vista
moral y político, ha retrocedido
bochornosamente. Política
y socialmente, estamos más
subdesarrollados que nunca. Los
autómatas están sustituyendo
a los soldados, los medios masivos
a los educadores, y los gobiernos
empiezan a ser sobrepasados por
los acontecimientos sin saber qué
hacer. En la desesperación
de muchos líderes políticos
internacionales se aprecia la impotencia
ante los problemas que se acumulan
en sus despachos de trabajo y las
reuniones internacionales cada vez
más frecuentes.
En
esas circunstancias, tiene lugar
en Haití una catástrofe
sin precedentes, mientras en el
lado opuesto del planeta continúan
desarrollándose tres guerras
y una carrera armamentista, en medio
de la crisis económica y
conflictos crecientes, que consume
más del 2,5% del PIB mundial,
una cifra con la que podrían
desarrollarse en poco tiempo todos
los países del Tercer Mundo
y tal vez evitar el cambio climático,
consagrando los recursos económicos
y científicos que son imprescindibles
para ese objetivo.
La
credibilidad de la comunidad mundial
acaba de recibir un duro golpe en
Copenhague, y nuestra especie no
está mostrando su capacidad
para sobrevivir.
La
tragedia de Haití me permite
exponer este punto de vista a partir
de lo que Venezuela ha hecho con
los países del Caribe. Mientras
en Montreal las grandes instituciones
financieras vacilan sobre qué
hacer en Haití, Venezuela
no vacila un minuto en condonarle
la deuda económica, de 167
millones de dólares.
Durante
casi un siglo las mayores transnacionales
extrajeron y exportaron el petróleo
venezolano a ínfimos precios.
Venezuela se constituyó durante
decenios en el mayor exportador
mundial de petróleo.
Es
conocido que cuando Estados Unidos
gastó cientos de miles de
millones de dólares en su
guerra genocida de Vietnam, matando
e invalidando millones de hijos
de ese heroico pueblo, también
rompió unilateralmente el
acuerdo de Bretton Woods suspendiendo
la conversión en oro del
dólar, como estipulaba el
acuerdo, y lanzando sobre la economía
mundial el costo de esa sucia guerra.
La moneda norteamericana se devaluó
y el ingreso en divisas de los países
caribeños no alcanzaba para
pagar el petróleo. Sus economías
se basan en el turismo y las exportaciones
de azúcar, café, cacao
y otros productos agrícolas.
Un golpe anonadante amenazaba las
economías de los Estados
del Caribe, con excepción
de dos de ellos exportadores de
energía.
Otros
países desarrollados eliminaron
las preferencias arancelarias a
exportaciones agrícolas caribeñas,
como el banano; Venezuela tuvo un
gesto sin precedentes: le garantizó
a la mayoría de esos países
suministros seguros de petróleo
y facilidades especiales de pago.
Nadie
se preocupó, en cambio, por
el destino de esos pueblos. De no
haber sido por la República
Bolivariana una terrible crisis
habría golpeado a los Estados
independientes del Caribe, con excepción
de Trinidad-Tobago y Barbados. En
el caso de Cuba, después
que la URSS colapsó, el Gobierno
Bolivariano impulsó un crecimiento
extraordinario del comercio entre
ambos países, que incluía
el intercambio de bienes y servicios,
que nos permitió enfrentar
uno de los períodos más
duros de nuestra gloriosa historia
revolucionaria.
El
mejor aliado de Estados Unidos,
y a la vez el más bajo y
vil enemigo del pueblo, fue el farsante
y simulador Rómulo Betancourt,
Presidente electo de Venezuela cuando
triunfó la Revolución
en Cuba en 1959.
Fue
el principal cómplice de
los ataques piratas, los actos terroristas,
las agresiones y el bloqueo económico
a nuestra patria.
Cuando
más lo necesitaba nuestra
América, estalló finalmente
la Revolución Bolivariana.
Invitados
a Caracas por Hugo Chávez,
los miembros del ALBA se comprometieron
a prestar el máximo apoyo
al pueblo haitiano en el momento
más triste de la historia
de ese legendario pueblo que llevó
a cabo la primera Revolución
social victoriosa en la historia
del mundo, cuando cientos de miles
de africanos al sublevarse y crear
en Haití una República
a miles de millas de sus tierras
natales, llevaron a cabo una de
las más gloriosas acciones
revolucionarias de este hemisferio.
En Haití hay sangre negra,
india y blanca; la República
nació de los conceptos de
equidad, justicia y libertad para
todos los seres humanos.
Hace
10 años, en instantes en
que el Caribe y Centroamérica
perdieron decenas de miles de vidas
durante la tragedia del huracán
Mitch, se creó en Cuba la
ELAM para formar médicos
latinoamericanos y caribeños
que un día salvarían
millones de vidas, pero en especial
y por encima de todo, servirían
como ejemplo en el noble ejercicio
de la profesión médica.
Junto a los cubanos estarán
en Haití decenas de jóvenes
venezolanos y otros latinoamericanos
graduados en la ELAM. De todos los
rincones del continente han llegado
noticias de muchos compañeros
que estudiaron en la ELAM, que desean
colaborar junto a ellos en la noble
tarea de salvar vidas de niños,
mujeres y hombres, jóvenes
y ancianos.
Habrá
decenas de hospitales de campaña,
centros de rehabilitación
y hospitales, donde prestarán
servicios más de mil médicos
y estudiantes de los últimos
años de la carrera de Medicina,
procedentes de Haití, Venezuela,
Santo Domingo, Bolivia, Nicaragua,
Ecuador, Brasil, Chile y los demás
países hermanos. Tenemos
el honor de contar ya con un número
de médicos norteamericanos
que también estudiaron en
la ELAM. Estamos dispuestos a cooperar
con aquellos países e instituciones
que deseen participar en estos esfuerzos
para prestar servicios médicos
en Haití.
Venezuela
aportó ya casas de campaña,
equipos médicos, medicamentos
y alimentos. El gobierno de Haití
ha brindado toda su cooperación
y apoyo a este esfuerzo por llevar
los servicios de salud gratuitamente
al mayor número posible de
haitianos. Será para todos
un consuelo en medio de la mayor
tragedia que ha tenido lugar en
nuestro hemisferio.
Fidel
Castro Ruz
Febrero
7 de 2010
8
y 46 p.m.
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