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Ciencia, cultura, nación

Imagen de Archivo

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Por Graziella Pogolotti*

Enero convida a meditar sobre la función social del conocimiento. La rápida traducción práctica de los saberes científicos en aplicaciones tecnológicas que transforman el trabajo humano, introducen cambios en nuestra en nuestra cotidianidad.  

Multiplican productos de toda índole y conduce a valorar en términos de beneficios económicos tangibles la contribución al desarrollo. Desde ese punto de vista, la experiencia cubana demuestra que las inversiones en este terreno redundan en beneficios comerciales por la venta de artículos de alto valor agregado.

No se ha divulgado de la misma manera el significado del conocimiento en la construcción de hegemonías. En un proceso secular, la burguesía se valió de ese recurso para desplazar a la nobleza parasitaria. La ciudad fue su ámbito natural. En ella se fundaron universidades, se configuraron las llamadas profesiones liberales.

De ella se nutrieron médicos, juristas, pensadores abiertos al humanismo, administradores constituidos en simiente de las ideas mercantilistas. La Gran Bretaña afirmó su poderío en el dominio de los mares. Para acelerar los cambios, Cromwell encabezó una revolución.

Más tarde la enciclopedia ofreció una síntesis del saber acumulado y la Revolución francesa estremeció el mundo al derribar estructuras periclitadas y al internacionalizar la ideología de la burguesía triunfante.

Un señor llamado Gutenberg inventó la imprenta. El libro sustituiría a los manuscritos, obra de pacientes copistas, conservadas en conventos. Dotado de esa capacidad multiplicadora, el conocimiento se diseminaba, cruzaba fronteras, viajaba en las bodegas de los barcos.

Cada vez más, los centros de poder se constituyen en monopolios de la producción de conocimientos. Al amparo de normas internacionales protectoras de propiedad intelectual, las ganancias benefician al capital, prescindiendo de consideraciones éticas respecto al uso social de esos adelantos.

El investigador de hoy ha dejado de ser el alquimista solitario del Medioevo. Necesita sofisticados laboratorios y tiempo para la validación de sus experimentos.

Ha pasado a ocupar la condición de asalariado altamente remunerado, aunque sin capacidad de decisión respecto al uso de su trabajo. Por ese motivo, las preocupaciones éticas ocupan un lugar creciente en el universo de los científicos.

Al abordar estos temas por la opinión pública y el entorno del saber común cotidiano no menos importante, prevalece la tendencia a asociar el concepto de ciencia a las llamadas exactas y naturales, frecuentemente denominadas ciencias duras.

Ciertas expresiones economicistas contribuyen a soslayar el papel de las ciencias sociales, decisivo a la hora de diseñar un proyecto de país y de participar en el importante debate acerca de las amenazas que pesan sobre el destino de nuestra especie, debido a las repercusiones del cambio climático y también en cuanto a la fractura radical entre el mundo de las cabezas que define el rumbo del mundo y las manos, ejecutoras de tareas, ajeno a la toma de decisiones.

Hace medio siglo estas realidades no se manifestaban con tanta claridad. En el contexto del proceso descolonizador, la tradición latinoamericana se valió del análisis de los problemas derivados del subdesarrollo y la dependencia para analizar la realidad de nuestros países.

Apareció una generación de economistas que, en muchos casos, prestaron servicios a la naciente Revolución Cubana, dedicada empeñosamente a la formulación de propuestas. Esta perspectiva de análisis influyó en sociólogos, historiadores y en un repensar el concepto de cultura.

La contraofensiva fue violenta. Bajo el manto de las dictaduras de nuestra América, se instauró el dogma neoliberal con sus bien conocidas consecuencias en la vida de los pueblos.

Al proponer las bases de una política científica para nuestro país, Fidel se planteó una perspectiva integradora que, recolocada en aquel contexto, ofrece claves indispensables para el debate contemporáneo.

Para edificar un futuro de hombres de ciencias y de pensamiento, era necesario establecer vínculos sólidos y flexibles entre los distintos componentes de la realidad, favorecer la convergencia entre saberes, actuar simultáneamente en varios ámbitos.

Los institutos de la Academia de Ciencias abordaron temas relacionados con el estudio de la sociedad. Incorporaron a especialistas que, en condiciones adversas, habían explorado esas zonas del saber. Por otra parte, el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC), matriz del impresionante desarrollo en el terreno de la biología, se integraba al proceso de transformación de la Universidad.

La singularidad de esta concepción se manifiesta en el modo de simultanear la edificación del provenir y la superación de la herencia del subdesarrollo.

El proyecto se estaba forjando mientras se preparaban las condiciones para emprender la Campaña de Alfabetización, punto de partida para el rescate de talentos, algunos de los cuales han sido protagonistas de logros notables.

La realidad contemporánea nos sitúa ante caminos que se bifurcan. Un error de apreciación puede poner en juego, tanto el destino de nuestro pueblo como el de la humanidad. Subordinar la apertura hacia el conocimiento a la obtención de ganancias prescindiendo de consideraciones éticas y de las exigencias reales de la sociedad es tentación suicida.

En sentido inverso, colocar la investigación al servicio del desarrollo humano establece la coherencia necesaria entre la formulación de los propósitos de la educación, así como el justo equilibrio entre el impulso a las ciencias exactas, naturales y sociales, para comprometer a la sociedad en su conjunto en un debate dirigido a la superación de nuestros actuales quebrantos en el plano concreto del funcionamiento de la economía y en el rescate de nuestros mejores valores.

Por esa vía, la apuesta a favor del conocimiento potencia el valor cultural de la ciencia, tal y como lo comprendieron siempre los fundadores de la nación.

*Destacada intelectual cubana

(Tomado del eriódico Juventud Rebelde)

Editado por Martha Ríos
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