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El joven se hizo general

Ignacio Agramonte. Ilustración tomada de la ACN

Ignacio Agramonte. Ilustración tomada de la ACN

Por Lucilo Tejera Díaz

El 11 de mayo es una fecha fatídica en la historia revolucionaria de Cuba: ese día de 1873, a unos pocos kilómetros al sur de la ciudad de Camagüey, entonces Puerto Príncipe, murió en combate por la independencia el hijo predilecto de aquella región, el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz.

En la mañana se desarrolló, en un potrero de alta hierba guinea, el enfrentamiento entre fuerzas mambisas al mando de Agramonte y una columna española que lo perseguía con saña para tratar de limpiar las continuas y duras derrotas que la tropa insurrecta había ocasionado días antes a los colonialistas.

Quiso el destino que Agramonte recibiera en su sien derecha un balazo disparado desde corta distancia, cuando montado en su caballo se dirigía prácticamente solo a una de las posiciones de combate.

Unos meses antes, el 23 de diciembre, Agramonte había cumplido en la manigua redentora 31 años de edad, y para entonces ya era considerado uno de los principales líderes en lo político y militar del ideal independentista, junto a Carlos Manuel de Céspedes, iniciador de la lucha por la libertad de Cuba.

El joven camagüeyano contaba con un prestigio considerable entre las filas mambisas por lo avanzado de sus ideas libertarias, reflejo de una sólida formación cultural y jurídica que le hicieron comprender tempranamente la justeza de la aspiración independentista y anticolonialista.

A golpe de combates, de algunos estudios del arte militar, y de observar la forma de dirigir de jefes insurrectos conocedores de cómo guerrear, Agramonte se convirtió en un general que llevó a la práctica la más estricta organización y disciplina entre sus soldados, base del éxito en cada enfrentamiento.

Tenía, además, cualidades excepcionales: intransigente fidelidad a la causa por la independencia y a su familia, especialmente a su esposa Amalia Simoni, ejemplo de combatiente que arrostraba cada día las vicisitudes, peligros y carencias de la guerra, y certera visión del futuro de Cuba.

Muchos participantes y estudiosos de la primera contienda por la libertad (1868-1878) coinciden en considerar que la muerte de Agramonte, en la plenitud de sus facultades políticas y militares,constituyó un golpe demoledor para la causa.

Algunos van más allá y estiman que a partir de este momento empezó el declive que llevó años después a dar por terminada la contienda sin lograr la independencia.

José Martí, quien lo llamó “diamante con alma de beso”, escribió:

“Pero jamás fue tan grande, ni aun cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso de pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se ha visto hasta entonces, dijo estas palabras: Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de La República”.

Céspedes, con quien tuvo desacuerdos en la forma de conducir la guerra, lo consideró “Heroico hijo”, los veteranos de la guerra lo denominaban “Paladín de la vergüenza”, y Enrique Collazo, destacado brigadier del mambisado cubano y que combatió a sus órdenes, se refirió a él como “salvador de la revolución” y “coloso genio militar”.

El relevante patriota Manuel Sanguily reconoció en Ignacio a una figura capaz de, con su talento y preparación, trascender las fronteras de la isla y convertirse en una figura continental al nombrarlo “…un Simón Bolívar”, mientras Máximo Gómez consideró que estaba llamado a ser el Sucre cubano.

En el acto solemne en conmemoración por el centenario de la muerte del héroe principeño, realizado en la Plaza de San Juan de Dios, en Camagüey, el líder de la Revolución Cubana Fidel Castro valoró el papel desempeñado por Agramonte en el desarrollo de los acontecimientos posteriores al 10 de octubre de 1868:

“Habría sido terrible para el resto de los revolucionarios, posiblemente no se habría producido el alzamiento en Las Villas, y con toda seguridad España concentrando sus fuerzas habría podido aplastar en un tiempo relativamente corto a los patriotas orientales, si no se hubiese consolidado el levantamiento armado en Camagüey. Y esa fue incuestionablemente obra y mérito de Ignacio Agramonte”.

Y el general mambí, el estadounidense Henry Reeve, lo llamó como trascendió en la historia el hijo ilustre del Camagüey: “El Mayor”.

A 144 de su muerte, Agramonte sigue siendo venerado por los camagüeyanos con inusitada actualidad y cuando las dificultades emergen sale a relucir la expresión que como un latigazo dijera a los claudicantes que le preguntaron con qué contaba para continuar la guerra: “¡Con la vergüenza de los cubanos!”

(Tomado de la ACN)

Editado por Martha Ríos
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