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Lidia y Clodomira: la fidelidad inquebrantable

Lidia Doce (I) y Clodomira Acosta (D). Foto tomada de la ACN

Lidia Doce (I) y Clodomira Acosta (D). Foto tomada de la ACN

Por Martha Gómez Ferrals

A 59 años del asesinato en La Habana, este 17 de septiembre, tras cruentas torturas, de las combatientes del Ejército Rebelde, Lidia Doce Sánchez y Clodomira Acosta Ferrales, recordar los sucesos todavía mueve a indignación e inmenso dolor ante tamaña atrocidad de la dictadura batistiana, en sus últimos estertores por el pujante avance de la ofensiva revolucionaria irradiada desde la Sierra Maestra a todo el país.

Lidia, con 42 años al morir, cumplidos por aquellos días, era mensajera y persona de total confianza del Comandante Ernesto Che Guevara, jefe de una de las más notorias columnas guerrilleras participantes en la ofensiva final que extendía la campaña liberadora de Oriente a Occidente.

Había nacido en la localidad de Mir, en el nororiente cubano, en 1916. Por la muerte de su padre y nuevas nupcias de su madre, vivió al cuidado de unos tíos, en un entorno amoroso y estable, propiciado por su familia, aunque solo alcanzó instrucción hasta el quinto grado. Se casó muy joven y pasó a vivir con el esposo a la localidad de San Germán.

Como muchas mujeres de su tiempo era una muchacha hacendosa, versada en manualidades y confección de primores de costura, bordado y tejidos. Era una joven bonita, un don acentuado por su optimismo y notable alegría de vivir, muy candorosa y noble, que incluso impresionaba a quienes la acababan de conocer.

Esa muchacha llena de virtudes tradicionales en su época demostró ser en su madurez, además, una combatiente valiente, audaz, de mucho temple y coraje, fiel a la causa en que creyó más allá del dolor agudo y hasta la muerte. Una verdadera heroína de la Patria.

Ese ejemplo fue el mismo que dejara a las cubanas y cubanos para la historia, su compañera de brega, Clodomira, 20 años más joven que ella. Fueron dos personalidades distintas, pero su entrega fue la misma. Cada una tuvo condiciones excepcionales, propias de mujeres avanzadas y de luz inspiradora. Clodomira también era oriental y había nacido en una zona rural cercana a Manzanillo en 1936.

Con 22 años al morir, desde los 20 era una intrépida mensajera del Jefe de la revolución, Fidel, al mando de la Columna  No.1 José Martí, con cuartel general en La Plata, Sierra Maestra.

Era mestiza, de tez pálida sin embargo. En la foto que se conoce de ella se le ve con la mirada baja y de apariencia tímida. Era dulce, según refirió Vilma Espín, pero también una personita muy despierta, ágil, vivaz, de una sobresaliente inteligencia natural, aunque era iletrada como tantas personas nacidas en la extrema pobreza de los campos cubanos.

Sabía transformar su aparente cortedad en intrepidez y soltura cuando era necesario y eso hizo muchas veces. Y fue capaz de cumplir con eficacia misiones delicadas que el Jefe de la Revolución le encomendó.

Gozaba también de una total confianza de la dirección del Movimiento 26 de Julio, de ahí las frecuentes misiones para trasmitir instrucciones a los revolucionarios operantes en otros frentes, tanto rurales, como de pueblos y ciudades.

A La Habana llegaron Lidia y Clodomira, con importantes misiones a cumplir en un término de aproximadamente dos semanas. La primera llegó a fines de agosto y la segunda, el 10 de septiembre de 1958.

La dirección del Movimiento Revolucionario 26 de Julio designó al combatiente Gaspar González-Lanuza Rodríguez para atenderlas.

No estaban alojadas, por razones de seguridad, en las mismas localidades. Lidia se hospedaba en Guanabacoa y Clodomira, en una casa del reparto Juanelo, en San Miguel del Padrón, junto a otros cuatro revolucionarios hombres. Este último sitio ya no era considerado seguro y en pocas horas este recelo se confirmó, lamentablemente demasiado tarde.

Lidia decidió pernoctar no obstante en esa casa, el día 11 por la noche, preocupada por la seguridad de su compañera. En la madrugada ellas y los cuatro jóvenes fueron sorprendidos por efectivos de la policía que, encabezados por los coroneles Esteban Ventura y Conrado Carratalá, asesinaron a los hombres: Reinaldo Cruz Romeo, Alberto Alvarez Díaz, Onelio Dampiell Rodríguez y Leonardo Valdés Suárez, Maño.

Las dos revolucionarias fueron conducidas a golpes y puntapiés por la cabeza y todo el cuerpo, literalmente arrastradas, hasta la Oncena Estación de la policía, y después a la Novena. Un esbirro narró después que al inicio Clodomira, debido a su juventud y agilidad, se defendió con bravura a dentelladas y con las uñas, pero fue reducida a bestiales golpes de palas.

Siguieron días de tortura inmisericorde sin que Lidia y Clodomira pronunciaran una palabra de delación o se rindieran.
 Dicen que cuando ya Lidia entró en la inconsciencia, a la más joven solo se oía mascullar desde sus dientes rotos y su boca hinchada y ensangrentada, malas palabras.

Se sabe que las metieron en sendos sacos con piedras y las llevaron a un lugar siniestro, todavía por determinar si es que se puede, donde las arrojaron a las profundas aguas del litoral habanero, tras otras nuevas torturas finales y previas a los monstruosos ahogamientos.

De ellas, Fidel dijo: ” Mujeres heroicas. Clodomira era una joven humilde, de una inteligencia y una valentía a toda prueba, junto con Lidia, torturada y asesinada pero sin que revelaran un solo secreto ni dijeran una sola palabra al enemigo”.

Su ejemplo las coloca en el altar de mujeres inmortales y gloriosas de la nación para todos los tiempos. Vale detenernos hoy en su honra y recuerdo.

(Tomado de la ACN)

 

Editado por Martha Ríos
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