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La Milagrosa: Una bella historia de amor convertida en mito por el imaginario popular

por Alina M. Lotti

Como toda leyenda, la que ha crecido al paso de los años en relación con La Milagrosa —estatua erigida en la tumba de Amelia Goyri de la Hoz, en la necrópolis de Colón— perdura hasta nuestros días.

Acompañada siempre y rodeada de los más diversos obsequios, muchos de los cuales guardan relación con la maternidad, La Milagrosa encierra una bella historia de amor entre Amelia y José Vicente Adot Rabell. Ella, descendiente de la alta burguesía cubana del siglo XIX; él, de mediana posición económica.

No obstante las desavenencias que eso acarreó, la pareja se casó, un tiempo después de que José Vicente se enrolara en la manigua, en las luchas por la independencia de Cuba.

Con grados de capitán del Ejército Libertador, una vez terminada la guerra contra el colonialismo español, en 1898, José Vicente regresó a La Habana decidido a pedir en matrimonio a su querida Amelia, quien mucho sufrió a causa de la distancia.

Un amigo suyo —José Vilalta Saavedra*, que en aquellos momentos estaba en Italia—, enterado de la triste noticia, y como un acto compensatorio, decidió regalarle una escultura de Amelia, la  cual confeccionó con mármol blanco, procedente de las canteras de Carrara.

José Vicente le envió una foto de la boda. En 1909 Vilalta la trajo personalmente, y se colocó encima del osario de la bóveda donde reposaban los restos.

El artista se inspiró en la maternidad, por lo que colocó en el brazo izquierdo de Amelia una criatura, en tanto el derecho lo apoya en una cruz, atendiendo a que ella murió el Día de la Santísima Cruz.

Ritual convertido en leyenda

La novedad cambió el ritual de José Vicente. Quienes han escrito sobre La Milagrosa, como se conoce, afirman que luego de despertarla y hablar con ella, cuando se marchaba, vestido todo de negro, se quitaba el sombrero, lo colocaba en su pecho, daba la vuelta por detrás de la escultura y se retiraba sin darle la espalda.

Los curiosos y los asiduos visitantes del cementerio comenzaron a comentar lo que allí acontecía, fundamentalmente los trabajadores. Así un simple ritual se fue convirtiendo en la leyenda que aún hoy nos acompaña.

Desde entonces, La Milagrosa —conocida a nivel mundial, y de ello dan fe los visitantes extranjeros que asisten al lugar— es símbolo de poderes sobrenaturales. A su imagen se le atribuye la suerte de los niños y de las embarazadas, capaz de ayudar a quienes se presenten con algún problema.

De ahí, precisamente, viene su nombre: La Milagrosa, culto popular que vence el paso de los años y de los siglos.

En la tumba, ubicada al final de la calle principal del sagrado sitio, a un costado de la iglesia, no faltan las flores, los obsequios, las promesas y las ofrendas. Personas de todas latitudes del planeta vienen buscando una actitud compensatoria para sus vidas. Es una bella historia de amor convertida en mito por el imaginario popular.

El amor venció a los avatares de la vida, y así, el 25 de junio de 1900, se efectuó el casamiento de las dos hermanas; es decir, de Amelia y María Teresa, con sus respectivos novios.

Un bello amor y una ruptura inesperada

Poco tiempo después, Amelia quedó embarazada, pero a los ocho meses, problemas de la presión arterial (ataque de eclampsia) pusieron en gravedad su estado de salud. El 3 de mayo de 1901, el doctor Eusebio Hernández no pudo salvar la vida de la criatura y tampoco la de la madre.

Así comenzó la tragedia más grande de la vida de José Vicente, una realidad que nunca superó.

Por su rango familiar, le correspondía ser enterrada en el panteón de los marqueses de Balboa, donde reposaban los restos de casi toda la familia, pero él no lo permitió, pues ambos sufrieron mucho el rechazo de esa clase social.

De esta forma, y ante la solicitud a un amigo, Amelia y su pequeña hija (entre sus piernas) fueron sepultadas en una bóveda cuyo propietario era Gaspar Betancourt, amigo de José Vicente.

Este hombre visitó la tumba durante cuarenta años. Para él su fiel amada estaba dormida, y la despertaba tocando una de las cuatro argollas de la tapa de la bóveda; luego se paraba frente a la sepultura y allí permanecía durante mucho tiempo, mientras en su interior creía hablar con ella.


(CubaSí)

Editado por Maria Calvo
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