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Las peligrosas mascotas de Rosalía

por Orlando Carrió

Rosalía Abreu Arencibia, nacida el 15 de enero de 1862 en Santa Clara, construyó en la calzada de Santa Catalina y Palatino, municipio Cerro, un legendario castillo que es rodeado por el primer parque zoológico cubano.

Sobre Rosalía Abreu Arencibia, una rica patricia nacida el 15 de enero de 1862 en la ciudad cubana de Santa Clara, se ha dicho bastante y con razón: tras cursar estudios en los Estados Unidos y recibir una gran herencia de su padre don Pedro, rico terrateniente azucarero, regresa a Cuba en 1899 y construye en los terrenos de la incendiada quinta Las Delicias, en la calzada de Santa Catalina y Palatino, en el municipio Cerro, un legendario castillo de estilo gótico francés tardío, con interiores eclécticos, que es rodeado por el primer parque zoológico cubano.

La doña, con un carácter bravío y un temperamento inclinado al capricho y la controversia (era bien echaíta pa’lante), empieza a reunir guacamayos, papagayos, loros, canarios, pavos reales, gallos japoneses, águilas, ciervos, caballos… y hasta cría al elefante Jumbito. En jaulas reforzadas habitaban, asimismo, un temible tigre, un oso pardo y un cocodrilo con grandes ínfulas que reside en un laguito.

No obstante, lo mejor está por llegar. En 1907 Rosalía enviuda y se pone a estudiar seriamente las costumbres y hábitos alimenticios de los antropoides con el asesoramiento de la Universidad de Yale, donde estudiaba su hijo Jean, y el zoológico de Nueva York. A continuación, ordena levantar enormes jaulones de hierro y alambre, y apoyada por agentes dedicados al tráfico de animales, llena a la más adelante Finca de los Monos con unos doscientos ejemplares pertenecientes a cuarenta especies, originarias, sobre todo, de Asia y África. Unos de estos seres peludos son bien pequeñines y varios se acercan en tamaño al ser humano. ¡Tremendo escándalo arma la alta sociedad capitalina al enterarse de aquello!

El sorprendente Anumá

Con el tiempo, la aristócrata, que entrega fuertes sumas de dinero a la causa independentista durante la Tregua Fecunda y atesora una pintura mural sobre la batalla de Coliseo, perteneciente a Armando Menocal, percibe en algunos chimpancés rasgos de inteligencia que, de inmediato, se propone desarrollar. Gracias a su paciencia y bondad, logra que estos realicen algunas labores domésticas, como lavar y planchar ciertas piezas, y los acostumbra a no andar en cueros, tomar agua en vasos y comer con cubiertos en la mesa. Otros simios, más audaces, aprenden a «tocar» el piano o la guitarra, montan bicicletas y hasta fuman con pipas. Eso sí, la disciplina es férrea: a los sediciosos los castiga y a los más aplicados y obedientes los premia llevándolos a las habitaciones del recinto, donde encuentran juguetes propios para ellos, hamacas y camas con colchones de plumas.

Uno de los chimpancés, de nombre Jimmy, se convierte en la mascota preferida de Rosalía y la acompaña en sus visitas y paseos con un elegante traje hecho a su medida. Viaja en el asiento delantero, al lado del chofer, abre las puertas del vehículo y lleva las cosas que ella compra o necesita. Pero hay más: cuando Rosalía termina el luto y decide reanudar sus tertulias literarias domingueras, a las que asiste lo más conspicuo de la sociedad habanera, el bullanguero cuadrumano se encarga de recibir a los invitados con graciosas reverencias y les guarda sus bastones y sombreros, que luego, increíblemente, devuelve a sus respectivos dueños sin equivocarse.

Jimmy está ligado al mayor logro científico de la famosa matriarca. El primate, que es todo un galán, se enamora de una orangutana llamada Cucusa, y de esta unión nace, el 27 de abril de 1915, Anumá, el primer chimpancé procreado en cautiverio en el mundo, hecho que causa una verdadera revolución en la comunidad científica.

Tras la aparición de Anumá, Rosalía recibe telegramas de felicitación del doctor Elie Metchnikoff, premio Nobel en Medicina; de William T. Harnaday, director del zoológico de Nueva York, y de otros reconocidos expertos pertenecientes a varios centros científicos. Y en 1924 la Universidad de Yale y el Carnegie Institution de Washington envían hacia Las Delicias a Robert M. Yerkes con el propósito de estudiar el hábitat creado por Rosalía para sus «inquilinos» y fabricar instalaciones similares en los Estados Unidos. A su regreso, Yerkes escribe el libro Casi humanos, donde enfatiza que los de la cubana son «los experimentos antropológicos más grandes que jamás se habían hecho en el planeta».

Lamentablemente, Anumá, una suerte de hijo del Diablo, no tiene una historia feliz. Jorge Oller y Oller, uno de los decanos de la prensa cubana, en su crónica «Cinco instantes en el paraíso de los monos», publicada el 15 enero de 2014 en la página digital Verbiclara, nos cuenta:

«Por supuesto, el centro de atención de todos los proyectos e investigaciones era Anumá, el mico nacido allí. Cuidado con especial esmero por veterinarios y sirvientes y el más travieso, indisciplinado y consentido de toda la vecindad. Rosalía se enfadaba por sus diabluras y lo castigaba, aunque él sabía que con algunas volteretas y zalamerías lograba su perdón. Para los guardias era un verdadero dolor de cabeza: lanzaba frutas y piedras, rompía nidos, se escapaba. A los diez años alcanzó el tamaño de un adolescente y mostraba un carácter fuerte y caprichoso. Un día, Juan Lezcano, uno de los guardianes, lo regañó, y el mono, enfurecido, le arrancó de un mordisco dos dedos de la mano izquierda. El guardia sacó el revólver, con el fin de disparar al aire y pedir ayuda. Entonces Anumá volvió a atacarlo y Lezcano se defendió disparándole. La bala se alojó en su cuerpo sin interesar ninguno de sus órganos vitales. Los especialistas decidieron no extraer el proyectil en ese momento. Dos años después, una radiografía mostró que la bala se había desplazado hacia el corazón y era necesario extraerla. Desgraciadamente, cuando lo operaron, Anumá no toleró la anestesia que le aplicaron y falleció».

Cholo: un crimen pasional

Rosalía, víctima a diario de la comidilla mordaz de los tabloides sensacionalistas, que se ocupan de ella con un tono burlesco, sarcástico y poco respetuoso, recibe en la Finca de los Monos a Isadora Duncan, la bailarina norteamericana precursora de la danza moderna, quien le dedica a la madame un capítulo de su libro Mi vida.

Sin embargo, ninguna de las leyendas mundanas que se tejen alrededor de la Finca de los Monos resulta tan atrayente como la de Cholo, la cual es contada en un inicio por Carmen F. de Lara en la revista Estampa, editada en Madrid en enero de 1931.

«Sobre el lugar se tejieron múltiples historias. Una de esas tenía por protagonista a Cholo, un orangután muy inteligente que era una suerte de paje en la casa de Rosalía. Ella estaba asombrada con las habilidades que el simio había desarrollado y le tomó afecto. Cholo, por su parte, se había enamorado de su dueña. Cada mañana, Rosalía recibía al administrador de la finca para darle instrucciones, y esta proximidad despertó los celos de Cholo, que terminó asfixiando al hombre considerado su rival. Rosalía estimó que el hecho había sido un crimen pasional y se opuso al sacrificio del mono. Como castigo, lo donó al Campo de Marte».

Los dioses desplumados

Rosalía, que en el colmo del surrealismo tropical es acusada de mantener relaciones maritales con un apuesto gorila (nunca tuvo ninguno por considerarlos muy peligrosos), muere el 3 de noviembre de 1930, a los sesenta y ocho años, tras alcanzar una linda vejez con maní y platanitos. Lo perverso del relato es que a sus mascotas nadie las quiere, a pesar de que ciertos periódicos amarillistas juran que les dejó varios millones en herencia. El presidente Gerardo Machado trata de hacer un zoológico en Rancho Boyeros, pero la idea colapsa por falta de financiamiento. A última hora, ningún mortal mueve un dedo en defensa de la mayor colonia de monos cautivos del mundo. Sus miembros son cedidos, en su mayor parte, al Carnegie Institution, al Zoológico de Filadelfia, a varias universidades y a unos pocos circos. Aun así, nadie se atreve a negar que la vocación de Rosalía acelera los estudios de la primatología en Cuba y el mundo, a la vez que fomenta el arribo de numerosas especies a los principales zoológicos del país.

En diferentes etapas, el palacete de Rosalía Abreu ha sido sede de instituciones educativas, culturales o deportivas, entre las que figura un Palacio de Pioneros. Mas, no hay que engañarse, según aseguran algunos, en las noches de luna llena se pueden percibir aún las sombras de unos monos bailando un vals en honor a su protectora.

(CubaSí)

Editado por Maria Calvo
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