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«Viví cada día como si fuera el último»

“Estoy satisfecha por lo que hice”, señala María Josefa. (Foto: Lisandra Gómez / Escambray)

“Estoy satisfecha por lo que hice”, señala María Josefa. (Foto: Lisandra Gómez / Escambray)

Cuentan, y no lo hacen las letras frías de un libro de Historia o una producción cinematográfica de ficción, que María Josefa Suárez Orozco, cubana nacida en la provincia de Sancti Spíritus, burlaba como nadie a la guardia batistiana que oteaba cualquier ascenso en los estribos del macizo de Guamuhaya.

La mejor de aquellas escenas sucedió al frente de unos cuantos ojos, por eso no es una leyenda o exageraciones trastocadas en el paso de una generación a otra.

Eran los últimos meses del año 1958. Apenas la máquina de alquiler había superado una de las primeras curvas de la carretera a Trinidad, y unos cuantos guardias detuvieron su paso. Con verbo apurado hicieron bajar a cada uno de los pasajeros y comenzó lo desagradable.

La orden se sabía de memoria: revisar hasta los dientes y lo que oliera a enemigo seguía para el cuartel, con suerte, o perecía in situ.

Solo un murmullo se escuchó entre quienes descendieron del auto con temor. De inmediato, los bultos se desinflaron y unos cuantos trastes volaron por encima de la vía.

María Josefa solo miraba. En sus manos portaba un neceser. «Si es necesario, ábralo, pero me daría mucha pena que viera mi ropa interior sucia y una almohadilla sanitaria», dijo con ojos tímidos.

Un escaneo visual casi desnudó a la joven vestida con ropa fina y zapatos caros. El oficial hizo una mueca de desgano y soltó con desdén una orden de aprobación con su mano derecha.

Ella cerró los ojos en señal de agradecimiento. Para sus adentros, sonrió. Apretó con sus dos manos el neceser, donde guardaba una pistola 45 y ejemplares del periódico Escambray, órgano del Directorio Revolucionario 13 de Marzo en la otrora provincia de Las Villas. A las pocas horas, Suárez Orozco y su equipaje llegaron a un intrincado paraje, donde las fuerzas rebeldes les esperaban.

«Podía cumplir con la misión de llevar y traer, fundamentalmente, mensajes memorizados, porque conocía como la palma de mi mano la zona. Me arreglaba bien, como si fuera turista, y quizá los enredaba por mi facilidad de palabra», cuenta ahora con una voz sacudida por sus 87 años.

— ¿Por qué arriesgar la vida?

—La situación del país era muy difícil. Había que derrocar tanta injusticia y atropello. Esa fue la causa principal por la que nació el Directorio, que junto con el Movimiento 26 de Julio encabezó la lucha en Sancti Spíritus en esa etapa. Poco a poco, muchas veces pusimos patas arriba nuestra ciudad.

«En mi casa éramos tres hermanas y mi madre. Allí se hacían muchas actividades, por lo que llegó a ser el cuartel del Directorio en el llano».

Toma aire y abraza al libro Palacio presidencial. Una acción sin retirada, de Miriam Zito Valdés, un regalo que no suelta ni para dormir. Tal vez, a pesar de la oscuridad que se acomodó en sus ojos, busca en sus páginas lo que la memoria se obstinó en borrar. Unos segundos más, asiente con la cabeza y el diálogo se reanuda.

—Si la situación era tan hostil, ¿cómo pudieron hacer de su casa el principal centro del Directorio en el llano espirituano?

—Fue espontáneo. Para fortalecernos aprovechamos la tradición de lucha que siempre existió en Sancti Spíritus. Recuerdo que en nuestra casa, ubicada muy cerca de la Sociedad Yayabo Tennis Club, hicimos una ventana que tapábamos con mimbre y cuando se armaba algún corre corre porque la policía venía a revisar, todo el mundo salía huyendo por ahí. Fueron unos cuantos los sustos, pero había que echar para adelante hasta el triunfo. De eso nadie tenía dudas.

— ¿Qué pasaba cuando ocurría una traición?

—Era algo muy triste porque muchas veces sufrimos la pérdida de varias vidas. Para evitar esas cosas se compartimentaba la información. Cada quien sabía solo lo que le tocaba. La justicia revolucionaria se encargó de gran parte de quienes por múltiples razones traicionaron. No es fácil cuestionar porque, a veces, se hacía casi imposible aguantar la tortura o las intimidaciones a la familia. Todas las personas no tienen la misma resistencia física y psicológica.

— ¿Alguna vez sintió miedo?

—Quien diga que no sintió miedo está engañando. Había mucho odio hacia quienes enfrentábamos la tiranía. La falta de escrúpulos era muy grande. Cuando te cogían, aunque estuvieras fuera del movimiento revolucionario, no sabías ni tan siquiera si podrías salir con vida.

María Josefa intenta no dejar escapar las anécdotas que borrosas resguarda en su memoria. Relata las veces que simuló enamorar con algún compañero de causa frente a los sitios más visitados por los Mirabal —notorios asesinos— para emboscarlos. También recuerda los días en que en el Instituto de Segunda Enseñanza —hoy escuela primaria Julio Antonio Mella—, donde se graduó como primer expediente, se cocinaban muchas de las acciones. Insiste en el esfuerzo que significó confeccionar en su propia casa cada página del Escambray para que contara la verdad de entonces.

«A la luz de tantos años puede parecer que todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Pero viví cada día como si fuera el último»…

Un silencio extenso interrumpe otra vez el diálogo. Los dedos de su mano derecha aprietan la punta del brazo de la butaca, esquinada en la saleta de la casa. Regresa otra vez al pasado y sonríe.

«La policía no era boba. El 22 de octubre de 1958 me cogieron presa, junto a mi hermana. Ya nuestros nombres estaban quemados. Nos llevaron para Santa Clara. Ahí sí la cosa se puso fea. Sufrimos demasiado, pero no nos pudieron sacar nada.

«La suerte fue que el oficial que nos cuidaba se unió a nosotras y mediante él recibíamos información de afuera. También sobrevivimos gracias a otra prisionera que gritaba como loca para reclamar cuando nos dejaban sin comida por muchos días», narra con picardía.

Tras las rejas, María Josefa no imaginó cómo sería su salida de la prisión. El mismísimo 31 de diciembre de 1958 ambas espirituanas escaparon bajo una balacera. Sus conocimientos y preparación les facilitaron la huída.

Corrieron con sincronización, al ritmo de la ametralladora calibre 50 que enfilaba su cañón con cizaña hacia las posiciones del Ejército Rebelde. En los pequeños recesos de la bestial arma, levantaron pies en polvorosa hasta llegar a las fuerzas amigas y, sin perder tiempo, se incorporaron a la Batalla de Santa Clara.

—¿Cómo recibió la noticia del triunfo revolucionario?

—Imagínate la euforia. Era el objetivo principal de nuestras vidas. Había pasado mucho tiempo y ya no podíamos dilatarlo más.

Luego de enero de 1959, María Josefa y el resto de su familia asumieron diversas responsabilidades. Ella volvió a tomar en mano, por un tiempo, las tizas y el borrador como profesora de Matemática-Física y, luego, representó a Cuba como diplomática en Viena. Hoy su consejo para quienes tienen todas las fuerzas de la juventud es «luchar con sentido unitario».

Escrito por: Lisandra Gómez Guerra/Juventud Rebelde.

Editado por Bárbara Gómez
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