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El Che de los Niños

La escultura llegó a Santa Clara en agosto de 1999. Descansa a la entrada del PCC. Foto: Irene Pérez / Cubadebate

La escultura llegó a Santa Clara en agosto de 1999.  Descansa a la entrada del PCC. Foto: Irene Pérez / Cubadebate

Por Leysi Rubio A., Irene Pérez

La vida de los hombres, para el escultor vasco Casto Solano Marroyo, está marcada por símbolos o signos, y los primeros influyen de forma directa en los segundos.

Tal vez por ello la ensarta de esculturas pequeñitas que nacen desde esa figura inamovible, ese hombre de hombres, ese “Che de los niños” que ampara y guía la central ciudad cubana de Santa Clara.

Cuenta la profe Eneida López, que el primer símbolo que puso el escultor fue “el de la estrella en la cabeza.”

“Casto –le dice la historiadora, como quien le explica a un niño porqué lloran las montañas- usted le puso una estrella en la boina que el Che lleva.”

El escultor la corrige: “Eso es una cachucha.”

Cachucha en México, boina en Cuba. Pero Che en cualquier parte.

Eneida escogió las palabras para entrar en la visión del escultor sobre el Guerrillero. “Porque Casto es un gran artista, -me dice- pero no es historiador. Aunque el historiador debe ser un poco artista.”

-¿Y usted sabe desde cuándo el Che luce la estrella en la boina?

Dudo, por la pasión que le asalta los ojos mientras habla de Guevara, que esta académica de narración locuaz le dejara responder. Y prosigue.

-Desde el 27 de julio de 1957, cuando Celia y Fidel le dan su grado de Comandante, él luce la estrella allí. ¿Por qué? El Che dice en su diario que él sintió como esa cuota de vanidad interna que llevan los hombres se le exacerbó, se le multiplicó; que se quedó así, como muy tierno, se quitó la boina, puso la estrella y jamás la quitó.

Corría el año 1958. Una ciudad descarrilaba su opresión, rompía cadenas. Un pueblo entero a días de ser soberano, libre. Y en la otra parte del mundo, nacía un pequeño vasco de apellido Solano, sin tener idea de que años más tarde realizaría una obra imponente, necesaria.

La profe conoce la escultura de memoria. Describe sus contornos como si estuviese posando la mirada por cada detalle, pliego o ranura.

El Che de Casto carga en su brazo derecho la reproducción del hijo más pequeño del artista. Hay también otros niños y niñas que se asoman desde el bronce. A Eneida le recuerda los versos de Martí: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”.

“En el hombro derecho tiene una cabrita que simboliza el andar de un joven hacia donde sea necesario.”

“Si llegamos al bolsillo de la derecha, vemos un Che montado en su bestia preferida que es un mulo. Allá en el campamento de Caballete de Pata de la Mesa, en la Sierra Maestra, una muchacha llamada Idalia, hija del herrero, se puso a sacarle los clavos al mulo, a pasarle escofina por el casco, en lo que el papá llegaba.”

Eneida prefiere ver sobre esta imagen, en lugar de las aspas de un molino, un sol caribeño. Dice que el artista, por vivir en Vitoria, ve claramente una imagen que le recuerda a los campos vascos. Sin embargo, quien se detiene en las líneas, no dudará en reconocer al vencedor de gigantes, con la adarga al brazo, y el sombrero del Quijote descansando sobre su pierna derecha. El hidalgo guerrillero, alumbrando el continente de la América toda.

“En el otro bolsillo, tiene el símbolo matemático del infinito. Encima hay un niño y una niña, diminutos, uno porta la luna y el otro el sol. Día y noche, por los senderos o por los caminos del guerrillero.”

“El cuello de la camisa está abierto. A ex profeso, el escultor no le puso botón. Parece que es un pecho abierto a cualquier vicisitud.”

“Sigues observando y llegas al pliegue del pantalón. Ahí está él con una moto, “La Poderosa”, con la que hace el viaje por América junto a Alberto Granados.”

“Un poquito más arriba, hay una esculturita en un doblez del pantalón. Eso simboliza un tanto a Guatemala. Allí el Che conoció compañeros cubanos que estaban exiliados, entre ellos a Ñico López. Entonces él le cuenta a Ñico lo que pasó cuando se produjo la caída del presidente Jacobo Árbenz, y cómo él quiso ayudar y no lo dejaron porque era un extranjero que estaba indocumentado. Ñico le habla de lo que pasó en Cuba en el año 53. Le habla del asalto al Moncada, de Fidel. Lo estimula tanto que cuando él llega a México, empieza a buscar a aquel hombre del que todos aquellos cubanos le hablaron.”

La profe Eneida recita de memoria las palabras textuales del Che en su diario, después de su primer encuentro con Fidel:

    Lo conocí en una de esas frías noches de México […] a las pocas horas de la misma noche, en la madrugada, era yo uno de los futuros expedicionarios […].

“Por eso es que, en el bolsillo de la izquierda, hay una serie de hombres que están subiendo, como escalando montañas, volcanes. Yo le digo a Casto que ese el Popocatépetl. Dice Fidel que el Che quería escalarlo casi quincenalmente.”

La escultura “Che con niños”, como Casto Solano la nombró inicialmente, llegó a Santa Clara en agosto de 1999.

Descansa a la entrada del Partido Comunista de Cuba (PCC) en Villa Clara, lugar que fue su segunda Comandancia en la ciudad.

Desde las palabras de Eneida, descubro detalles que pasaron desapercibidos ante mis ojos la primera ocasión que estuve frente a la escultura.

“El uniforme, tú ves, es muy ajado. Es ese uniforme estrujado, de guerrillero nato. Los talones de los zapatos están gastados. Si miras bien, puedes ver que la bota que está plantada está descosida por un lado, que los cordones están tan raídos que no dan ni para hacer un lazo.”

“En el brazo derecho tiene un doblez. Hay como una elevación, hombres y hay otro animalito. Dice el escultor que eso es en la Sierra Maestra.”

La profe recuerda nuevamente al Apóstol y cita: “Subir lomas hermana hombres.” Desde su sentir villaclareño, sueña con que esa elevación sea “la Sierra de Guamuhaya, esa que se multiplica entre Cienfuegos, Sancti Spíritus y Villa Clara, con ese picacho histórico que se denomina Escambray.”

“Si te pones por la espalda –cuenta la profe- hay una cuadrícula carente de pátina bronceada, una ranurita. Esa ranurita no es una alcancía. De acuerdo a las leyes de la física, en un cuerpo cerrado, hecho al vacío, tiene que haber espacios para que el aire entre y salga y no cause ruptura en el cuerpo de dicha figura. Eso es lo que a mí me da esa ranurita.”

Debajo de esa apertura hay una cuadrícula. Eneida le pregunta al escultor por esa parte y Casto le contesta: “Estos son los suyos.”

La historiadora agrega: “Aquí veo a una mujer que lleva como un pan en las manos. Veo un niñito que no llega a ser adolescente, pero está de pie. Detrás veo una bandera, y a un niñito en una hamaquita. A mí me da que aquí hay ansias de independencia ¡Hay banderas! A lo mejor esa mujer está pensando en que un día tiene que ser libre. Es verdad que sí, que son los suyos, los vilipendiados de América y del mundo.”

Casto sonríe y no dice nada más.

“En las guedejas de su cabello – para aquellos observadores – verán una hamaquita que tiene figuritas humanas. Yo veo un hombre, hay quien ve más de uno.”

Esta es la parte preferida de Eneida, porque le parece que “las neuronas del Che están crujiendo y están buscando nuevos adeptos para la guerrilla, un hombre nuevo.”

“En la axila de la derecha hay un niñito en posición pensante.” Eneida recuerda la frase donde Martí afirma que “los niños son la esperanza del mundo”.

Reflexiona acerca de la postura del pequeño y afirma: “No sé qué pensará un niñito, cuando está así, si se encuentra en una fabela de América, en un barrio pobre de Estados Unidos, si está en Bagdad donde están cayendo las bombas; pero en Cuba, un niñito está así cuando no le dijo a la madre que había reunión de padres en la escuela y a lo mejor está de penitencia, o se bañó en un aguacero sin permiso, o tiró una piedra y rompió un cristal.”

Una niña asoma desde la otra axila. Parece que quiere sonreír. El escultor asegura que la pequeña “está convencida del porvenir que este hombre y los que le siguen le van a proporcionar.”

“En el brazo izquierdo tiene un niñito cargado. Parece que se despertó. Ese niñito es como el hombre nuevo en el que el Che pensaba, una semilla fresca que, depositada en un surco fértil, va a dar hombres generosos, buenos, revolucionarios”.

En el cinto del Che, van los hombres que, según el artista, indican que ha triunfado la Revolución y que van con el jefe hacia donde sea necesario.

A Eneida le gusta pensar que esos hombres representan el triunfo de Las Villas. “Porque para Fidel, el Che fue un artífice de la guerra, un artista bélico, pero lo demostró sobre todo en la batalla de Santa Clara.”

Algunos dicen que la profe le hace una versión libre a la escultura, y no es menos cierto. Pero tiene, sin lugar a dudas, la esencia del artista.

El sentir de un hombre se hizo obra de arte, de las que mueve almas y unifica pueblos. El lema de la obra, sencillo y poderoso, perdura como un Guevara fundido en bronce, al calor de los años y la historia:

     “Romped cadenas en mente, que no se pierdan los hombres, que no se rompan las gentes”.

(Tomado de La columna del Che, Cubadebate)

Editado por Martha Ríos
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