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Jóvenes cubanos: noviazgos bajo el mismo techo

Pareja de jóvenes. Foto: Radio Cadena Agramonte

Pareja de jóvenes. Foto: Radio Cadena Agramonte

Por Vladia Rubio

Compartir la vida con otra persona puede resultar más riesgoso que almorzarse un San Nak Ji.

Este pulpo, que se come vivo, se apunta entre las mayores delicias gastronómicas en algunos países asiáticos. Pero existe el peligro de que, en el momento de la deglución, sus tentáculos se adhieran a tu garganta, asfixiándote; o que sus toxinas, si no han sido correctamente retiradas, te quiten la vida en minutos.

Aunque decidirse a vivir en pareja significa un reto, está claro que no todo es tan terrible como un plato del famoso pulpito; de lo contrario, los humanos nos hubiéramos extinguido hace rato.
 
Sí que tiene sus ventajas compartir almohada, mesa y corazón, pero en particular los jóvenes cubanos de esta última década parecen estarlas maximizando, sin darse el tiempo para echar una ojeada a la contraportada de esa novela.

No hablo de matrimonios, sino de los noviazgos convivientes, como gusta llamarlos la presidenta de la Sociedad Cubana de Psicología, doctora Patricia Arés.

Casi siempre comienzan porque a él se le hizo tardísimo en casa de ella, y con lo malas que están las guaguas a esa hora… Luego, bastaba con que solo pasaran de las nueve para que él se quedara. Así, sin que nadie se diera cuenta, se fue haciendo costumbre.

A veces, el asunto viene porque la familia de la muchacha, o del muchacho, decide que «si van a estar haciéndolo por ahí, exponiéndose, corriendo peligros que van desde los mirahuecos, un asalto o hasta el sida —porque con el corre-corre no usan preservativos—, mejor que lo hagan en su casa». Eso, sin entrar a analizar la no existencia en la actualidad de espacios, estatales o privados, cuyos precios permitan a los jóvenes —al bolsillo de sus padres— compartir intimidad.

Hace un bulto de décadas «la niña tenía que salir de la casa muy bien casada», con mucho sillón roto y chaperona como preámbulo, pero desde hace mucho las cosas han ido al otro extremo. La convivencia parece estar volviéndose sinónimo de modernidad.

Tentáculos viscosos, pero sabrosos

En febrero de 2008, la doctora Arés, reconocida estudiosa del tema familia desde su condición de psicóloga y profesora de la Universidad de La Habana, aseguraba a esta reportera que «Los cubanos demoran cada vez más para decidirse por la unión consensual y por el matrimonio legalizado».

Hoy, aunque los datos de la ONEI siguen ratificándolo, anda asomándose ese otro fenómeno de los noviazgos convivientes, no siempre recogido por las estadísticas.

Como tendencia, tales enlaces se traducen en que algunas veces ella se queda en casa de él y otras, es él quien permanece en el hogar de la muchacha. En esas situaciones, no echan raíces en ninguna parte, y tienen dispersas sus propiedades y afectos en ambas viviendas. En ocasiones invierten horas tratando de encontrar en el closet un jean, peleándose porque uno dice que está en un sitio y otro dice que busque en tal lugar. Al final, lo encuentran días más tarde entre la ropa sucia de casa de la abuela.

Ese es el menor de los conflictos. Lo usual es que dicha dispersión traiga aparejada la ausencia de responsabilidades domésticas y también familiares. Con la consiguiente sobrecarga —y disgusto— para los adultos de la casa, que por un lado quieren y por otro no.

Hace siete años, la doctora Arés interpretaba ese tipo de relación como «una manera de dilatar más el noviazgo, no siempre con miras al matrimonio». Hoy, el aumento en número de esos enlaces entre jóvenes se ha hecho muy evidente, al menos en La Habana y otras ciudades capitales, y parecen tender no a convertirse en matrimonios formalizados, pero sí en uniones consensuales, algunas a edades todavía tempranas.

Ocurre que dichas uniones, a veces entre jóvenes que no han terminado sus estudios de pre, politécnico o universidad, traen consigo los mismos signos de cuando eran novios convivientes. Es decir, como siguen sin disponer de una entrada económica, el aporte de la pareja a los ingresos del hogar es nulo, aunque los gastos se duplican: son dos las bocas a comer, las ropas a lavar, la electricidad que se consume, etc., etc., etc.

Cuando la falta de contribución financiera la joven pareja la compensa con una redistribución de las tareas domésticas, compartiendo o asumiendo, por propia decisión, una parte de los quehaceres de la casa, entonces la dinámica familiar parece marchar más distendida.

Pero si ambos siguen esperando a que los demás hagan las cosas, el ambiente se caldea y surgen conflictos.

Sin embargo, no siempre ellos son los únicos ¿culpables? Mamá y papá, o uno de los dos, pretendiendo salir de un lío, se han metido en otro más grande.

Al permitirles la convivencia, es verdad que les propiciaron esa necesaria intimidad, cuyos inicios deberían siempre contar al menos con mínimas condiciones de confort y privacidad, pero no previeron que vistiendo a un santo, desvestían a otro.

Porque en no pocos casos tales uniones consensuales, condicionadas por factores externos, sin ser resultado de la reflexión de la pareja sopesando los pro y los contra, al final terminan en fracaso.

Y sí, los muchachos despegaron con buen viento en su vida sexual, pero lo que aprendieron de la vida en pareja fueron solo tropezones y disgustos, con sus consiguientes cicatrices.

«A veces, a las parejas les faltan habilidades comunicativas para dilucidar sus problemas, y eso está asociado al aprendizaje que tuvieron en sus familias (…). Estuvieron más entrenados en situaciones de desavenencias y desencuentros que de afecto. No se ha generalizado todavía una cultura para alcanzar relaciones de amor maduro».

Así comentaba a esta reportera la psicóloga Patricia Arés. Aunque lo dijo hace años, pareciera que fue ayer.

¿Hogar o albergue?

Lo ideal sería que la joven pareja, antes de unirse bajo un mismo techo, se diera la oportunidad —hay que enseñarla, si hace falta— de intercambiar sobre qué esperan uno del otro, sobre el respeto a la individualidad de cada cual, y otros puntales que mantienen la armonía y preservan el amor.

De lo contrario, la casa se volverá albergue para muchas parejas del hijo o la hija, porque cuando se apaguen la pasión y el embullo, la unión tenderá a disolverse por falta de raíces.

Lo peor que podría pasar, y pasa, es que de ese enlace, a veces impensado y sin conocerse a fondo, surja un embarazo, con la posible «cola» de estudios inconclusos, falta de preparación y condiciones para criar a un hijo, así como otros signos negativos.

Hay quien asegura que la convivencia previa es una forma de evitar sorpresas desagradables en el matrimonio. Pero al decir de entendidos, en nuestra sociedad alienta una interesante contradicción: los jóvenes cada vez inician más temprano las relaciones sexuales, mientras su madurez psicológica, como seres autónomos y responsables, acontece cada vez más tarde.

La inmadurez es un viento en contra para asumir esa vida acompañada donde, casi inevitablemente, aparece la rutina; se comparte con las virtudes, pero también los defectos de cada uno, y a la vez, por las limitaciones de vivienda, resulta obligada la convivencia con la familia «del otro». Lo cual puede resultar muy bueno o muy malo.

Aunque es posible que ese tipo de convivencia marque el inicio del fin para la joven pareja, también puede reportarle  ventajas.

Además de ser una aventura —para los de menos edad, un «jugar a ser grandes», aunque explícitamente nunca lo reconozcan—, puede reportar un enriquecedor aprendizaje mutuo, el despliegue de proyectos comunes, así como un impulsarse y apoyarse entre sí. Crecer en pareja también deja huellas imborrables y para bien.

Una investigación sobre la «Funcionalidad de parejas jóvenes camagüeyanas en etapa de formación del ciclo vital familiar», de la camagüeyana Isis Angélica Pernas Álvarez, máster en Psicología de la Salud, licenciada en Psicología y Pedagogía, evidenció que la mayoría de las parejas estudiadas resultaron disfuncionales y sentían la necesidad de aprender a compartir mejor.

La también profesora auxiliar de la Universidad de Ciencias Médicas Carlos J. Finlay, encuestó en 2007 a 366 parejas heterosexuales, de entre 18 y 30 años de edad, residentes en el Distrito Cándido González Morales, de Camagüey. De ese total, más del 50 por ciento se ubican en el rango de disfuncionalidad, y 265 consintieron en ser ayudadas por especialistas para mejorar su relación.

El 60 por ciento de estas parejas vivía con otras personas, el 64 por ciento en ambos miembros eran hijos de padres divorciados.

En el 71 por ciento de estas relaciones, la unión fue de tipo consensual, y el 79 por ciento de ellas refirió que el motivo que los llevó a formar pareja fue la atracción física.

«Las parejas están ávidas de preparación para la convivencia, para aceptarse a partir del conocimiento mutuo, para comunicarse de la manera más asertiva posible; sienten la necesidad de dejar un legado o trascendencia en la familia que recién se construye», asegura la investigadora.

En el tema de las uniones consensuales o noviazgos convivientes entre jóvenes, es imposible hacer lapidarias predicciones o dar recetas. Tantos estudios y artículos hay vaticinándoles el descalabro como pronosticándoles bienaventuranza.

Lo cierto es que se trata de un fenómeno en aumento, en particular el del noviazgo conviviente; habrá que estudiarlo más y, sobre todo, alimentar convencimientos y crear condiciones para ayudarles como pareja.

Como dijera el Papa Francisco hace unos pocos días en tierra cubana: «Las familias no son un problema, son una oportunidad. Una oportunidad que tenemos que proteger, que cuidar...». Resulta una sentencia válida para creyentes y no creyentes, todo el mundo la aplaude. Lo complicado es que no todos la llevan a la práctica.

(Tomado de Cubasí)

Editado por Martha Ríos
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