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El deporte en el periodismo martiano

La actividad deportiva se hizo tan común e importante en el Nueva York conocido por Martí, que no sería una correcta descripción de la época aquella que no presentara las «hazañas» de los púgiles, de los caminadores, de los peloteros, de los jugadores de pelota de pies, de las regatas, entre otros.

Pero no es solo la práctica del deporte lo que se debería describir, y las acciones y sueños de los fanáticos, también habría que tratar el asunto del dinero que estaba por delante, ¡y por detrás!, de tales espectáculos.

Al deporte lo movía el dinero; sin él, se reduciría solo a juegos de niños o de entretenimiento de amateurs, jóvenes de las clases dominantes, que usan parte de su tiempo libre para no perder la buena forma física. Y las Universidades reducirían sus horarios de Cultura Física a la simple práctica de la saludable gimnasia, aunque pudieran quedar, por ejemplo, las regatas en algún centro por cuestión de tradición.

Esta lucha entre el juego —dentro del cual hoy entran el deporte amateur y el de afición— y el deporte —deporte profesional—, como vemos, nació desde los mismos inicios en que el capitalismo vio la posibilidad de transformar determinados juegos, competencias y luchas en espectáculos propiciadores de ganancia de capital.

Porque los tiempos de jugar para conquistar esposa o recibir de la comunidad la protección de los dioses se habían acabado.

Las leyendas de Olimpia estaban llamadas a ser deportivas, no religiosas.

Y en las noticias se hizo el deporte tan presente y necesario como el diario alimento.

En las marchas que presenció el Apóstol, en Nueva York, se caminaba por dinero y fama, degradando la humanidad de competidores y espectadores —física y moral en los primeros, moral en los segundos—. Pero dejemos que él mismo nos describa y sabremos por qué no podía aceptar se esparciera tal gusto hacia Nuestra América.

«Con más dificultad se abre paso el espíritu por entre las brumas húmedas de este mes de marzo, que lo espantan y contristan y lo invitan, no a salir de sí, sino a reentrar en sí,—que aquella con que, en este instante mismo, apretados los codos a ambos costados, cerrados los puños, jadeante la faz, y llagados los pies, tajan el aire en una carrera los «caminadores», que en torneos por dineros, comparten con sus hazañas repugnantes, su faz marmórea, y sus ojos salidos de las órbitas, la admiración de un público enfermizo que ha aprendido a mirar sin dolor las lastimaduras de los pies, y las del alma.

»Un héroe es un bellaco, y un caminador, es un héroe. Las almas asustadas y púdicas; los que no caben en sí y anhelan verterse en los otros; los que prefieren el derecho de vivir en paz en la vida próxima, al goce de una paz que se compra demasiado caro en esta vida; los que gustan más de ver ricas las arcas del alma, con cuyo oro se compra el bien eterno, que las arcas de dineros, cuyo cuño suele ser marca de infamia para el alma que la señalará en sus trances próximos,— como la cédula amarilla al presidiario francés,—son a los ojos de buena suma de neoyorquinos como flores enfermas o mentes sin seso, o maravilla extraterrena, u hombres de poca monta, que ven más por los otros que por sí: en tanto que de manos enguantadas y breves, acabado remate de airosos brazos femeniles, cae a los pies de un negrillo caminador, vestido de camisa de seda azul y pantalón de seda roja, una herradura de rosas opulentas con que la dama de Nueva York desea al negrillo buena suerte en el rudo torneo.

»Hurras responden a la dádiva, hurras estruendosos de aquellos diez millares de hombres que llenan el circo, henchido de humo espeso, humo de vicios y de ese aroma de frutas estrujadas, de naranja sin jugo, de manzanas mondadas, grato a las almas corrompidas.

»Caminan de día, caminan de noche, caminan sin tregua. La gente entra en el hipódromo de Madison a oleadas, no para ver el trance de adelanto de los hombres a un estado mental o moral sumo, sino para ver y vitorear el trance de retroceso del hombre al bruto.

»Mas no lucen estos caminadores como aquellos corceles del desierto, sobre cuyo dorso musculoso ondea el albornoz franjado de oro del altanero beduino, y que parecen, más que siervos, señores de sus magníficos jinetes; sino que con sus zapatillas de caminar, y su camisa ceñida y calzón corto de colores alegres, hundido el rostro entre los hombros, pegado a las sienes enjutas el cabello lacio y sudoroso, respirando difícilmente por entre los labios pálidos y colgantes, andan al paso, galopan, trotan, se detienen sofocados, se disputan el puesto primero, se codean, se ofenden, hasta que vencidos por la fatiga, se refugian un instante en sus tiendas respectivas, a que sus cuidadores les bañen y cepillen los miembros hinchados y toman de mano de ellos sin detenerse en su carrera, una tajada de pan, una costilla de carnero, o un trozo de carne a medio cocer, en las que hincan los dientes voraces a par que galopan. Y así durante el día, así en la alta noche, así en el alba.

»En anchos carteles van anotándose las millas que andan. En pequeñas mesas, tienen abiertos los libros de apostar los que han pagado dos centenares de pesos por recibir apuestas, que se hacen a los pies de los hombres, como a sus puños, como a la ligereza de sus caballos.

»Y estos hombres se pesan, y se nutren, y se demacran de antemano. Cuál no toma más que leche que alimenta y no carga el cuerpo de excrecencias que estorban para la marcha; cuál sólo come avena, que da fuerza a los músculos; cuál vive de carne sangrienta, tal como la rebana el cuchillo del matador del lomo de la res. Y cada cual tiene sus hombres de cuidar que les preparan durante el torneo bebistrajos fortalecedores, y menjurjes, y friegas, y los reciben en sus brazos cuando ebrios de sueño y adementados se apartan un momento de la pista, y los ponen en pie, los reaniman con golpes eléctricos o golpes de puño, y los echan a andar aún dormidos por la arena, cubierta de aserrín, que miran con sus ojos abiertos y azorados, revuelven con sus pies tambaleantes, en tanto que tiritan en sus asientos, despiertos por el miedo de perder y el ansia de ganar, los apostadores; y se filtran por las hendijas y cristales el aire húmedo y las luces fantásticas de la madrugada.

»Y esto lo hacen, porque se ha prometido que aquel de los caminadores que haya andado más espacio al cabo de ciento cuarenta y dos horas, ganará para sí tantos millares de pesos cuantos sean los que se hayan presentado a tornear, cada uno de los cuales deposita un millar a la entrada, y ganará también si anda los seis días del torneo, quinientas veinticinco millas, o más, todos los dineros del público que acude ávido a toda hora del día y de la noche a ver cómo el fornido inglés Rowell, de piernas cortas, que anda en veintidós horas y media ciento cincuenta millas, vence sin esfuerzo al Scott gigantesco, que viste camisa de lana blanca y calzón rojo, y a Hazael que tiene de zorra, y lleva piernas encarnadas y azules, y al escocés Noremac, que tiene de lobo, y a Fitzgerald famoso, que anduvo quinientas ochenta y dos millas en seis días, y a Sullivan, que luce traje verde, y a Hart, el negro esbelto, de andar rítmico y cuerpo donairoso, que corre por entre sus rivales con los brazos llenos de cestos de flores que le dan las damas, como aquellos flamencos antillanos que pasean ligeramente el cuerpo rosado por la arena abrasada de la margen marina.

»No es ésta aquella garbosa lucha griega en que a los acordes de la flauta y la cítara, lucían en las hermosas fiestas panateneas sus músculos robustos y su destreza en la carrera, los hombres jóvenes del ático, para que el viento llevase luego sus hazañas, cantadas por los poetas, coronados de laurel y olivo, a decir de los tiranos que aún eran bastante fuerte los brazos de los griegos para empuñar el acero vengador de Harmodio y Aristogitón.

»Ni es aquel aire balsámico de las serenas tardes atenienses, en que envueltos los hombres arrogantes en el majestuoso himation de ruda lona y anchos pliegues, y las mujeres en sus suntuosas diploidias, oían de pie que ceñían con sandalias, y con la cabeza, que ornaban con diadema, los versos desesperados y terribles de Edipo el Tirano.

»Ni son los premios de estos caminadores, como de los que se disputaban el premio de correr en aquellas fiestas, coronas de laurel verde y fragante, o ramillas de mirto florecido. Sino que estos jayanes andan pesadamente, y dan vuelta al circo con una esponja en la mano y una toalla en la otra, y corren dando vueltas como perro famélico que huye con la presa entre los dientes, y se enlazan los pies,—y se hinchan el rostro, a punto tal que parece que estalla,—y se arrastran por la pista revuelta como jacos de posta, sudorosos y latigueados,—y ruedan por tierra, hinchadas las rodillas y tobillos, o caen inertes como resortes rotos o masas apagadas,—por unos cuantos dineros, a cuyo sonido, al rebotar sobre los mostradores de la entrada, aligeran y animan su marcha.

»¡Oh! El espíritu humano como la tierra, como la atmósfera, tiene capas. Las unas son de arena menudísima que el sol calienta, y movida de vientos extraños, asciende, en revueltas y brillantes columnas al sol: y son las otras de roca áspera, en que parece quebrarse impotente, como en masa entallable, el cincel divino.

»Ni se casarán al fin de esta lidia el astuto Hipómenes y la hermosa Atalanta, que vencía a todos sus rivales en la carrera, y les daba muerte con su acerada jabalina, mas no venció a Hipómenes, que dejó caer tras sí en la justa las manzanas de oro que tentaron la avaricia de la hermosa, y dieron tiempo al doncel enamorado para llegar, antes que la hija adusta de Esqueneo al término de la carrera cuyo premio era el amor de aquella vencedora de centauros: lo que enseña que han de tenerse los ojos siempre cerrados a las manzanas de oro, y que acabará esta fiesta del hipódromo Madison en disputas y querellas de rufianes, malcontentos con haber de perder, o haber de compartir las monedas de la apuesta. De vapores de mirto iban oreadas las sienes de los esbeltos corredores de otros tiempos: y orean las sienes de éstos, en salones sombríos y húmedos, que parecen cuevas, los vapores del lúpulo.»

[La Opinión Nacional, Caracas, 22 de marzo de 1882. Obras Completas, tomo 9, pp. 265-268.

 

Tomado de Jit

Editado por Raúl Rodríguez
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