Quien da Luz. Capítulo 7 (+Foto, Audio y Video)

Édité par Martha Ríos
2018-02-23 16:06:26

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Dibujo: Orestes Suárez     Diseño: Jessica Arroyo

Por Martha Ríos

¿Quién fue María García Granados, conocida internacionalmente como La Niña de Guatemala, y qué historia la une a José Martí en sus años juveniles?

Como alrededor de ellos se tejen varias versiones, algunas de las cuales intentan dañar la imagen del patriota cubano, preferí aproximarlos a los sucesos ocurridos hace 140 años en la nación centroamericana, auxiliada de las investigaciones realizadas sobre el particular.

María García Granados. Foto tomada de Verbiclara

Un texto que me resultó muy útil para elaborar el material que a continuación escucharán es ‘Viejos datos reverdecen la leyenda: Martí y la Niña’, de Mayra Beatriz Martínez, del Centro de Estudios Martianos, de Cuba, quien a su vez consultó autores cubanos como José María Izaguirre (1828-1905) y Carlos Ripoll (1922-2011), entre otros.

También volví, por imprescindible, a la obra de Martí, fundamentalmente a sus Versos Sencillos (1891). En ellos aparece el poema IX 'La Niña de Guatemala', que según la especialista, como está escrito siguiendo el modelo romántico, se le ha dado una interpretación demasiado recta, y por eso muchos piensan que la joven se suicidó por amor.

Aquí lo comparto con ustedes.

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda...

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores...

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!...

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.

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