La Rampa, una secreta vitalidad

Editado por Pedro Manuel Otero
2017-02-03 12:55:53

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Por Guadalupe Yaujar Díaz

Desde hace años vivo en La Rampa, una de las zonas especiales de la capital cubana, surgida en la década de los años 40 del pasado siglo y erigida sobre un montón de solares yermos, arrecifes, el mar al fondo, y dos o tres edificios de arquitectura ecléctica de escaso valor.

Esta incomparable parte de la principal calle 23 en el Vedado capitalino se extiende desde la calle L hasta el malecón habanero. Tiene el don especial del encanto a pesar del intenso sol en el verano, la fuerte brisa que llega desde el mar, o el frío que estremece en el peculiar invierno cubano.

A los dos lados de la populosa 23 están ubicados los principales cines de la ciudad, El Yara y La Rampa, el Hotel Habana Libre, la sede del Instituto Cubano de Radio y Televisión, El Pabellón Cuba, la Heladería Coppelia, ministerios o empresas diversas entre otras instalaciones que conviven con elegantes restaurantes, clubes, agencias bancarias y numerosas aerolíneas.

Los cientos y miles de transeúntes, nacionales o visitantes extranjeros, que vienen y van, disfrutan de esos atributos pero observan cómo relevantes edificaciones en la Rampa pasaron lamentablemente a un franco deterioro imparable.

El envejecimiento provocado por el paso del tiempo, sin restauraciones, desdibuja paulatinamente esta zona que se puebla cada vez más con nuevos inquilinos, estables o no, del nuevo escenario social.

Precisamente en esta concurrida urbe que recibe (40%) del turismo que llega a la Isla, segmento in crescendo por días, existe un especial interés por esta zona de muchísimos viajeros que repiten La Habana como destino preferido.

No debe olvidarse que en este perímetro radican, también, los principalísimos hoteles Nacional, Capri, Vedado, Saint John, Colina los cuales alojan una cifra significativa, por estos días, de estadounidenses ávidos de descubrir esa Habana que el gobierno de su país les prohíbe conocer como turistas.

La Revolución Cubana le dio el nombre de Habana Libre al moderno hotel otrora Hilton, ubicado en plena calle L esquina 23, construido en la década de los años 50, cuya fachada ostenta en lo alto un enorme y deslumbrante mural de cerámica azul obra de la pintora y ceramista cubana Amelia Peláez ya fallecida.

Sin embargo, el gran anuncio que ubica esa instalación no puede leerse en las noches, tiene muchas letras apagadas lo cual constituye imperdonable descuido de quienes deben velar de esos importantes detalles.

Y qué decir del edificio del Seguro Médico ( 23 esquina a N) una obra representativa de la arquitectura patrimonial de los años 50 del pasado siglo, inmueble residencial con más de sesenta apartamentos que además acoge las oficinas del Ministerio cubano de Salud.

Se trata de una obra proyectada en 1955 por Antonio Quintana Simonetti, según reza la pequeña tarja de azulejos con su nombre, en un modesto rincón de la edificación.

Ostenta dos distinciones: en 1959 el Premio Medalla de Oro del Colegio Nacional de Arquitectos y la condición de mejor obra comercial de este período.

Pero quien lo aprecia de lejos o de cerca podría pensar en su bombardeo, dada la impresión exterior y la situación constructiva actual, de larga data en las demandas de residentes que esperan por una respuesta que salve los valores en peligro.

En un rápido y moderado repaso de calamidades no queda exento el restaurant “Moscú” (P entre 23 y 25) desaparecido hace más de tres décadas cuando un incendio apagó su belleza y concurrencia.

Otra atracción en la zona constituyen las amplias aceras de granito y grandes mosaicos policromos que las adornan, donde están incrustadas como legado a los ciudadanos, pinturas de más de 20 famosos artistas de la plástica cubana, entre ellos Cundo Bermúdez, Amelia Peláez, René Portocarrero y Wifredo Lam.

Bajo nuestros pies yacen sufridas, hace décadas, estas joyas que ahora aguardan una anunciada restauración.

Mientras la otra cara de la Rampa deviene nuevos inquilinos, habitantes del amplio espectro de cuentapropistas de negocios diversos, intermediarios en la venta viviendas o alquileres de éstas, o facilitadores de servicios de cualquier invención.

Algunos motociclistas de última hora imponen, además, una nueva y peligrosa moda al transitar a velocidades siderales para hacer más inseguras las calles. Para estos “jinetes apocalípticos” no existen los semáforos ni las leyes del tránsito.

De males menores quedan las lomas de desechos en las esquinas y los contenedores de basura se desbordan ante el asombro de los turistas, y el lamento de nacionales.

No pensemos que faltan buenas causas como contrastan afortunadamente, entre otras muchas instalaciones, el Pabellón Cuba atendido centro cultural para todas las edades; el complejo Focsa en constante embellecimiento, el cine Yara por estos días en merecida restauración y varias esquinas muestran lumínicos relojes digitales acorde con la modernidad internacional, apreciados por el servicio a los transeúntes.

“No todo está perdido” refiere la estrofa de una canción, la cual podría repetirse y auto complacernos… A todos nos gusta la idea de “Rampa Arriba y Rampa Abajo” junto a los visitantes extranjeros que la disfrutan.

Sin embargo, sin establecer paralelismos ni esperar una varita mágica lo cierto es que todos quisiéramos ver esta área - centro cultural, comercial y de negocios- recuperar su secreta vitalidad a la altura que demandan estos tiempos.


 



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